Cuando el mundo se enteró de que existían ya caían mal. Y es que esta gente nacida entre los años 1982 y 2004 pertenecen a una generación “ególatra recalcitrante”, concepto acuñado por el semanario Time. Es la generación del yo-yo-yo, en los que el mundo digital y las redes sociales como Facebook, Twitter o Pinterest inundan sus vidas para convertirlos en seres perezosos, narcisistas y consentidos. Por suerte un concepto ya desfasado, como las modas que van y vienen, teniendo menos de generación que de realidad.

Según Time no es que sean narcisistas, es que después de los acontecimientos como el 11-S o escándalos de pederastia clerical, los jóvenes cada vez se fían menos de las instituciones. No son vanidosos, es que no tienen un pelo de tontos. No son vagos, ni es que no produzcan, es que se les paga poco.

Para The New York Times bien se diferencian de aquellos jóvenes estrambóticos seguidores de Lady Gaga y mimados. Esta guerra de las cabeceras por definir y criticar a las generaciones más jóvenes no son más que síntoma de un cierto “respeto” por lo que está por venir.

Si miramos más allá de nuestro ombligo veremos cada vez más a jóvenes interesados por la cultura, por los nuevos estrenos cinematográficos, verdaderos fans del arte, con inquietudes políticas, sociales y culturales, ávidos de conocimiento y sobre todo de querer vivir nuevas experiencias, cierto es, que acompañado de toda esa parafernalia que las redes sociales y lo “moderno” se asocia a ellos, ese punto “hípster” del que tanto se habla hoy, pero tan necesario como revulsivo a lo que estamos acostumbrados.

Todo esto viene a demostrar que no somos tan diferentes como nos creemos, tanto de las generaciones que nos preceden como de las que nos sucederán. Es más fácil odiar y temer a los jóvenes que admitir el paso del tiempo.

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